Publicado: 1 de Febrero de 2016

De los más de tres millones de adolescentes españoles (muchachos de edades comprendidas entre los 12 y los 17 años), un 84% posee teléfono móvil para su uso personal, pagado por sus padres, según datos del Instituto de la Juventud, basados en una encuesta de 2012. El sondeo avisaba de la tendencia al alza. Duermen con el móvil y miran la pantalla al menos un centenar de veces al día. España se encuentra en la media de la Unión Europea y en todos los estados miembros se comprueba el mismo ascenso y comportamiento. Igual que su relación con las redes sociales que ya ha acabado por generalizarse. Su uso es mayor cuanto menor es la edad. En poco más de tres años se ha pasado del 60% en 2009 al 96% en 2016.

Estamos constatando que los adolescentes y jóvenes están cada vez más estresados. En los Departamentos de Orientación de los centros de Educación Secundaria y en la Universidad hay cada vez más consultas sobre la creciente ansiedad en los momentos críticos como pueden ser los exámenes o cuando deben afrontar una prueba oral.

Gran parte de responsabilidad la tiene el uso indebido de las tecnologías de la información y la comunicación. Indudablemente, permiten mucha más comunicación y acceder a la información de forma inmediata. Pero el no restringir su uso supone la pérdida de concentración en la tarea, restar tiempo de ocio y de relación directa con otras personas. Además de otras consideraciones en relación con el control excesivo, el ciberbullying o la ciberadicción.

El WhatsApp se ha convertido en la aplicación más usada por los adolescentes y jóvenes. Crea problemas de dependencia y control hacia su entorno. Por no comentar el mal uso y malos hábitos en el estudio dando lugar a distracción y mala concentración.

Con la última función incorporada a esta aplicación, verificar si tu mensaje enviado ha sido leído por el destinatario, aumenta su uso irracional y como medio de control hacia los demás. A todos nos suena la típica frase: “No me contesta y lo ha leído.”  No es bueno que se  acostumbren a una respuesta inmediata dejándose llevar por la impaciencia. Enseñarles a ser más pausados enriquece más que vivir obsesionado con los minutos y segundos.

En ocasiones, la situación se descontrola y acaba acarreando problemas obsesivos, adicción, ansiedad, depresión, etc. Hasta el punto de no comprender comportamientos de los demás, que terminan provocando conflictos sociales, amorosos o malentendidos por sacar conclusiones apresuradas debido a que la aplicación nos limita al mensaje escrito perdiendo elementos claves de la comunicación (gestos, tono de voz, mirada, etc.). Ante ello, la importancia de discernir cuando parar una conversación en línea y mantenerla en persona.

A los adolescentes no les gusta ser controlados por los padres pero sí controlar a sus amigos o parejas. Esta costumbre de control no es positiva ni para el “controlador” ni para el “controlado”.

Ni que decir tiene que se está convirtiendo en un obstáculo ante los resultados académicos. Es uno de los principales motivos de distracción en los estudios y del bajo rendimiento escolar. Ser estrictos en el momento de estudiar es clave, dejarlo fuera de la habitación o limitando a los descansos. Por no citar su no uso en horario escolar.

Y como toda información que viaja por la red hay que ser precavido. Internet no es lugar seguro para determinada información por ello hay que hacerles ver que no todas las apariencias son reales y hay que cuidar lo que se intercambia y se publica por seguridad y privacidad propia. Hay que estar ojo avizor de que nuestros hijos no sufran ciberbullying de una forma camuflada y sobre todo que no difundan determinados mensajes.

Por todo ello no podemos transmitir a nuestros hijos que el uso de las tecnologías de la comunicación en su globalidad es perjudicial para los estudios o las relaciones sociales. Pero sí que hay que saber educarlos en un buen y necesario uso en los tiempos que corren que exigen a una juventud estar en redes para el propio desarrollo personal y profesional.

En estos momentos es complicado salir del bucle que nos impone la sociedad actual, pero se puede llegar a acuerdos con amigos y familiares en cuanto al horario para responder al WhatsApp. Por ejemplo totalmente desaconsejado cuando se está estudiando, en las horas de las comidas o en el momento de descansar. Y no recomendable cuando se está interactuando directamente con otras personas.

Desde los Servicios de Orientación, recomendamos liberarse de la esclavitud que supone estar hiperconectado las 24 horas al día y que en casos extremos puede conducir a la nomofobia (trasorno producido cuando nos hemos olvidado el móvil, se ha perdido o estropeado). Debemos ser nosotros mismos quienes controlemos nuestro tiempo y diversifiquemos las actividades.

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