Publicado: 18 de Febrero de 2017

No había nadie allí aunque estuviera rodeada de gente. No escuchaba nada aunque alguien la estuviera llamando a voces. No tenía hambre ni sed aunque llevara toda la mañana sin probar bocado.

 

En ese momento para mí sólo pasaba lo que estaba allí dentro. Allí dentro es un último modelo de la marca Huawei que, en su caso, tenía los mismos efectos que un buen chute de heroína: Vanessa estiraba el brazo desde la cama, cogía el celular de la mesilla, accionaba el émbolo de la contraseña, entraba en el torrente sanguíneo de la mensajería instantánea y allí se quedaba -los ojos glaucos al cabo de las horas-, absolutamente colgada durante todo el día.


Si a su madre le hubieran dicho que Vanessa acabaría ingresando para terapia en una Asociación para la atención a drogodependientes, jamás habría pensado que todo empezaría así: la niña con un vestido claro y aquel regalo de Primera Comunión.


«Le compramos el móvil cuando hizo la Comunión, en qué momento...», comenta su madre Manuela. Al principio la cosa iba normal. La niña jugaba con el teléfono, chateaba un poco y eso. Yo no le daba importancia. Lo peor vino con la obsesión del WhatsApp. A eso de los 13 o 14 años empezó a bajar en los estudios. Contestaba mucho. Estudiaba con el móvil. Iba al baño con él. Se lo llevaba a clase. Salía por ahí, la llamaba al teléfono y lo tenía de adorno: ni respondía. Si le decíamos que estaba demasiado tiempo con los mensajes y se lo quitábamos, se ponía violenta. 


«Es un fenómeno cada vez mayor: el de los chavales que se enganchan a la mensajería instantánea», comenta José Luis Rabadán, médico especialista en drogodependencias y presidente de la asociación en la que Vanessa hace terapia. «Las características de las adicciones sin sustancia es que el sujeto tiene una pérdida de control sobre la conducta, y aunque sepa que el abuso que hace es negativo, lo sigue haciendo no porque se sienta bien, sino porque si deja de hacerlo se siente mal. Hay una gran diferencia en estas adicciones: la idea es que el individuo adicto haga un uso controlado: los adictos al sexo, las compras o el móvil tienen que seguir disfrutando de todas esas cosas, sólo que de un modo racional».

http://www.elmundo.es/sociedad/2017/01/24/587fa2b0e2704e114a8b4651.html